El poder de las reglas

“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”

No estoy hablando de la responsabilidad de Spiderman, sino de la de tu Máster (o Narrador, o Director, o GM, o como quieras llamarle…) y de las consecuencias de ser el amo y señor de tus partidas de rol.

Dejemos algo claro: ser máster no es fácil, y nadie nace sabiendo dirigir con éxito una partida. Sobre tus hombros queda la responsabilidad de contar una historia que va cambiando según los deseos de los jugadores. Hay que narrar a la vez que se arbitra, mantener la vista sobre todo lo que ocurre y aplicar las reglas para que la partida fluya… O improvisar y lanzarse a la aventura mientras evitas que tus jugadores se den cuenta de que no tienes absolutamente nada preparado para esta tarde.

Hace poco leí un interesante post sobre la famosa regla dorada de los juegos de rol, en el que el autor deja clara su postura con respecto a esta regla ya desde el mismo título. Y aunque personalmente creo que el problema está en el abuso de autoridad más que en la dichosa regla, en general concuerdo con lo que cuenta en el post.

Yo soy de la opinión de que las reglas son necesarias. Sin un conjunto de reglas, el juego desaparece y estamos ante un duelo de voluntades para ver quien impone su historia sobre los demás. Sin las reglas, el master tendría que decidir arbitrariamente cuando alguien tiene éxito y cuando no, con lo que efectivamente estaría contando una historia unilateralmente. Y sin las reglas, los jugadores no tienen forma de valorar sus opciones ni, en última instancia, de tomar decisiones coherentes.

Pero claro… si sigues las reglas al pie de la letra, y los jugadores tienen uno de esos días en los que se sienten la reencarnación de Atila, rey de los “unos”, suele ser necesario echar mano de la pantalla de máster y del antiguo arte de tirar los dados detrás y decir lo que te convenga. Porque sin jugadores es complicado jugar, la verdad.

Sin embargo, no todos los másters son de este estilo y algunos prefieren que los dados dicten lo acontecido. Y que conste que no tengo nada en contra de ellos, simplemente es que mi estilo difiere un poco, y ya está. Contra los que si que tengo algo es contra los que juegan contra los jugadores, y encima, hacen trampas.

Personalmente, nunca olvidaré a cierto máster de Dungeons & Dragons que una vez nos sacó una manada de gusanos purpura equipados con collares de armadura de mago. El mismo máster que, cuando lancé un hechizo de parar el tiempo, decidió que mi oponente ganaba una acción de respuesta por cada una que yo ganaba con dicho hechizo, justificándose en que el enemigo tenía destreza 60 o alguna salvajada similar. Creo que no volví a jugar con él después de ese encuentro: me negaba (y sigo haciéndolo) a tener que jugar con unas reglas diferentes a las que usaba el máster.

Y es que las reglas están ahí también para igualar máster y jugadores. Son el punto de unión entre ambos mundos, el nexo que hace que un dios omnipotente y un grupo de… lo que sea a lo que estén jugando en ese momento puedan compartir la diversión. Cuando el juego y el máster son justos, los jugadores aprenden a respetar las decisiones del máster y a confiar en él. Cuando confías en tu máster, le dejas actuar y que controle el destino de tu personaje, porque sabes que pase lo que pase, te vas a divertir.

Y cuando los jugadores se divierten, entonces es cuando el máster también lo hace.

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